Esa tarde, arrancaba a la primera parada de mi destino, dejando una madre nostálgica y una hermanita emocionada.
Luego de 19 horas de viaje, llegué a una ciudad llena de buenos recuerdos.
Allí, las tertulias familiares no se hicieron esperar, pasando largas horas entre discusiones y risas.
Al día siguiente comenzó mi aventura.
Despertar antes que el sol no es una de mis actividades favoritas, pero ese día, era importante, me dirigía a una ciudad incierta, pero con una meta grabada entre ceja y ceja.
Disfruté cada segundo de esas tres horas de camino que me separaban de mi aventura. Observé hermosos paisajes, pequeños pueblos que se formaban a los pies de inmensas montañas, y la amabilidad de su gente.
Me encontraba emocionada, impaciente, decidida y feliz.
Al fin llegué a la ciudad en la que tanto deseaba estar.